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Tengo varias personas escondidas en mi ser, y una de las que
más insiste en aparecer últimamente es aquella
que encuentra refugio en la tranquilidad de mi hogar.
Allí me siento en armonía con mi espacio,
con mi pequeño universo.
Y cuando salgo al exterior, lo hago porque la
vida me lo exige: voy, cumplo con mis obligaciones
y regreso pronto, con un ritmo pausado, sin
necesidad de interactuar más de lo justo.
Ojo: disfruto profundamente de las conversaciones
que nacen del interés sincero, de la compañía auténtica.
Esas sí, esas me nutren.
Puedo pasar horas navegando por las redes sin
escribir una palabra, sin comentar nada. Me gusta el aroma del
café recién hecho, sin azúcar ni adornos.
Me gusta sumergirme en mis pensamientos y dejar
que, de vez en cuando, las musas despierten y enciendan mis escritos.
A menudo, el mundo nos etiqueta
como “raros”, “selectivos”, “introvertidos” o “locos”.
Pero no lo somos. Simplemente pertenecemos a ese pequeño
grupo de rara avis que vive a su ritmo, sin prisa, sin ruido.
Hoy elijo escuchar mi voz interior, lejos
Buenos días, guapurasssssss.

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