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Al instante de ver esta foto aparece la soñadora que hay dentro
de mí, y me pregunto: ¿habrá algún mensaje dentro de ella?
Qué romanticismo me ronda por la
mente, especialmente cuando
los mensajes de hoy son fríos como el hielo… todo por Internet.
¡Ay, Herme! ¿Se puede ser más novelera?
Retrocedo al pasado, a aquellos paseos con mi amor de
cuatro patitas; esa bolita blanca que se lanzaba al mar como si fuera
una piscina de caramelos y premios. Era tal su emoción y alegría que resultaba contagiosa.
Yo, al llamarlo, solo recibía la misma
respuesta: mi precioso Rocky 🐕 encontraba su parque de
bolas en los paseos por el mar.
Corría al encuentro de las olas y se
lanzaba a morder su cresta, como si le fuera la vida en recoger un pedacito de tarta.
Era algo muy nuestro; compartir aquel alboroto me daba la dopamina
para seguir con una sonrisa serena y dichosa ante lo
vivido con mi pequeño piratilla marino.
Y sí, todo esto solo por ver una foto de una botella en el mar…
Cómo se almacenan las escenas en las habitaciones
de mi cabeza; todas ellas abren
sus puertas con el clic de un recuerdo, de un aroma o de una información.
Me encanta soñar que, tras la botella, llegará un mensaje
que suponga un acto de paz para quien lo reciba.
Porque hacen falta botellas llenas de
positivismo que, con sus mensajes, cambien un
poco el día a día de este mundo.
¡Buenos días, guapurasss!
(Y recordad: ya es viernes 🎉🤣🎉)

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