Capítulo 1 — Juliana, la mujer que sostuvo su mundo
Las historias familiares son la raíz de lo que somos. Por eso siento la necesidad de dejar constancia de la inmigración, las guerras, la supervivencia, las luchas y las pequeñas victorias que moldearon a quienes nos precedieron. Y también de aquellas conversaciones que mantuvimos en días ya lejanos, para que puedan viajar de generación en generación. Pero para lograrlo, alguien tiene que mover los muebles del altillo de mi mente y empezar a vaciar cajas de recuerdos.
Aquí estoy yo, entonces, recopilando archivos amontonados e intentando darles forma. La historia me hizo quien soy, y quizá ayude a los míos a comprender un poco mejor la suya.
Hoy comienzo con la historia de Juliana Beatriz Martín Hernando, uno de los pilares más cálidos de mi niñez y de mi vida.
Juliana nació el 5 de marzo de 1900 en un pequeño pueblo de Bilbao, cuyo nombre se ha perdido entre papeles que nunca llegaron a mis manos. Creció en una familia que, según recuerdo, estaba formada por dos hermanos y unos padres amorosos. Ella era la pequeña. En su hogar no había grandes sobresaltos: el bisabuelo era alcalde del pueblo y se codeaban con lo más “repipi” de la contornada. Todo transcurría como debía. Juliana acudía a la escuela de señoritas y la vida fluía sin más.
Los años pasaron y la niña se convirtió en una joven hermosa, tras años de noviazgo y una significativa rotura, el amor no llegó a su puerta hasta 1930. Fueron sus cuñadas quienes le presentaron a un hombre recientemente enviudado, padre de dos pequeños. Juliana se enamoró como se hacía entonces: con el alma entera, sin reservas ni cálculos.
El matrimonio llegó pronto, aunque no del todo bendecido por sus progenitores. Pero Juliana, adelantada a su época, con determinación y arrestos, se lanzó a la vida matrimonial con mochila incluida.
El camino no fue fácil. Las espinas abundaban y las rosas solo florecían de tarde en tarde. Vivían en un país marcado por la inestabilidad política que precedió a la caída de Alfonso XIII, y a ello se sumaban los desencuentros de pareja provocados por las constantes visitas de él a la taberna y sus proyectos inacabados.
Mi abuelo, Luis Villalobos Hervás, era pintor. No sé si bueno o simplemente un hombre que hacía retratos y algún fresco en iglesias. Era de los que cobraban primero y luego buscaban a las musas en la cantina. Cada cual busca la inspiración donde puede. Y como no estoy para juzgarlo —que cada cual cargue con lo que lleva entre manos—,
Cuando estalló la Guerra Civil, Juliana ya tenía una niña, Teresa; un niño, José Antonio; y un “fantasma”: su marido Luis, siempre ausente. Ella tuvo que apañárselas sola.
Me contaba que aún oía las sirenas de Bilbao cuando se avistaban los aviones. Con ese sonido todos corrían a los refugios, mientras nadie sabía por dónde “andaba” el abuelo.
Juliana, con sus dos hijos y los dos pequeños de su esposo, salía a toda prisa para resguardarse de lo peor. Entre bombas y sirenas, la sangre se le helaba al escuchar los llantos en aquel zulo frío, abarrotado de personas que solo suplicaban que todo terminara.
Mientras tanto, en su pueblo natal, sus padres eran fusilados por el mismo hijo al que habían dado la vida. Ideologías distintas, ofuscamiento por idealismo… Al final todo se reducía a un bando o al otro. Nacional o republicano. Y entre ellos no había convivencia posible. Muchas familias se destrozaron por la política; unos acusaron, otros asesinaron, y todos perdieron.
Porque la familia es sagrada.
Entre desgracia y desgracia, Juliana reunió cuantos enseres básicos pudo, rezó y agarró a sus dos tesoros. Dejó atrás la tristeza, los recuerdos, los amigos y el sufrimiento. Se marchó a Valencia con la esperanza de empezar una nueva vida. El abuelo se quedó con sus musas y sus proyectos inacabados.
Tras este breve recorrido, respiro hondo. Mañana, o quizá pasado, seguiré vaciando cajas.
El pasado no siempre fue mejor.

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