Aromas de Espliego

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¿Qué te gusta más niña? 
¿El pueblo o la playa?

Os lo digo bajito, aunque más de 
uno conoce la respuesta: el salitre 
habita en mí y el mar me arrastra siempre hacia sus olas. 

Sin embargo, la que hoy escribe 
pasó su infancia y adolescencia veraniega entre las montañas de la serranía.

 No era mi plan, era el de
 mis padres, y en aquellos tiempos su palabra no se cuestionaba.

Hoy, a través de esta 
fotografía, se despierta uno 
de los mejores recuerdos que 
perduran en mi memoria y 
en mi olfato. 

Siempre que el aire 
se tiñe de espliego... ¡pluf!, viajo 
en el tiempo.

Me lo preguntó un día mi abuela de 
Cuenca —la Saturnina, como 
la llamaban en el pueblo— 
mientras yo salía de casa con 
cara de tener pocos amigos. 
Por entonces yo era una adolescente algo esquiva y subidita; hoy seguro
 que me habrían puesto 
alguna etiqueta. 

Ella estaba sentada a la caída
 de la tarde en el poyete de la entrada, charlando con la tía Flora. 
No era mi tía de sangre, pero ese
 título se lo ganaba cualquier mujer
 mayor que tuviera la 
confianza de la familia; esa misma
 confianza que le daba derecho
 a mirarte, exclamar lo guapa 
que estabas, pellizcarte el moflete y regalarte un beso 
musical, de esos que 
dejan eco. 
¡¡Uffff que poco me gustaban !!

En mi pueblito respire
un respeto y un cariño sincero año
 tras año. Había mucho amor en las pequeñas cosas.
Y es justo ahí a donde quería 
llegar al empezar a escribir hoy.

La tía Flora y mi abuela
 desgranaban la tarde conversando, mientras sus manos no 
paraban quietas. 
La tía Flora limpiaba judías en 
un gran cesto de paja, abriendo
 las vainas de forma casi automática. 
En cambio, en las manos 
de mi abuela se iba tejiendo
 uno de mis recuerdos más aromáticos y entrañables. 
Con esa destreza serena
 que solo posee la gente del 
campo, trenzaba las ramas de 
espliego con un esmero y una
 precisión que me hipnotizaban.
—¿Pero qué es eso, abuela? —le preguntaba con curiosidad.
—Pues piñas —respondía ella con naturalidad.—¿Piñas? —repetía yo, boquiabierta.—
Sí, Hermelindeta, son piñas. 
(Abro paréntesis: solo a mi 
abuela le permití el poder de
 llamarme así; cualquier otra
 persona vería a Medusa
 reencarnada en mí si se atreviera 
a usar ese nombre).
—Pero ¿cómo van a ser piñas? 
Si parecen matorrales...

Entonces ella me explicaba 
que les daba esa forma para que se conservaran intactas todo el año. 
Así, resguardadas, aromatizarían los armarios y espantarían 
a los bichejos. 
Un remedio infalible.

Yo la escuchaba sentada
 en una sillita de enea muy 
pequeña que teníamos
 en casa; una joya que fabricaron
 cuando mi madre apenas daba 
sus primeros pasos y que luego heredamos todos los pequeños de la casa. 
Tenía más batallas encima
 que un viejo sargento de infantería.

¡Qué grande era mi abuela! 
Recuerdo que, viéndola trabajar
 desde mi rinconcito, le pedí que me enseñara para intentar tejer una piña de espliego yo misma.

—Con la mano coges una 
rama, la doblas así y después
 vas trenzando con las demás 
—me guio aquella primera vez.
Ya os podéis imaginar el 
desastre que me salió.

—No sé, abuela... —murmuré, con 
la mirada clavada en el nudo 
de ramas que apretaba entre 
mis manos.
Ella miró de reojo a 
la tía Flora, buscó la palabra 
más dulce y me dijo:
—Pero ¡qué bonita te está 
quedando! Cuando lleves tantas como
 la abuela te saldrán 
perfectas, pero para ser la primera es preciosa.
 ¿Verdad, Flora?
—¡Desde luego! —asintió ella.

Y en ese instante, el aroma 
del espliego pareció sellarse en 
mis manos para siempre. 
Mis recuerdos van y 
vienen, viajan libres, pero hoy 
puedo verla nítidamente: mirándome 
con ternura, sonriendo, 
mientras sus manos 
siguen trenzando aquellas
 ramas tan nuestras.

¡Buenos días, guapurasssss!

#hermeescribiendoloquepienso✍©️ 📷 la Web Con esto, y esperando vuestra opiniones, me despido hasta el próximo post. :)

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